La mayoría de las organizaciones ya utilizan inteligencia artificial, lo sepan o no con precisión: ChatGPT, Microsoft Copilot y Gemini en el trabajo diario, IA incorporada en las aplicaciones empresariales, automatizaciones, herramientas internas y soluciones de terceros que procesan datos con modelos de IA.
El problema no es utilizar IA. El problema es poder responder, con datos y no con impresiones, a preguntas como estas:
¿Qué sistemas de IA se utilizan y quién los utiliza?
¿Con qué finalidad y qué datos manejan?
¿Qué riesgos genera cada uso y cómo se han tratado?
¿Qué medidas y controles se han adoptado realmente?
¿Qué formación ha recibido el personal y cuándo?
¿Qué evidencias existen de todo ello, fechadas y trazables?
Las obligaciones del Reglamento Europeo de Inteligencia Artificial convierten esas preguntas en exigencias: gestionar el uso de la IA y ser capaz de demostrarlo ante una autoridad, un cliente o un auditor.
